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Hej VANCOUVER

by Geoffrey Yuen EXPLORADOR URBANO Y ENTUSIASTA RECIÉN LLEGADO AL MUNDO DE LA MOTO

Llegar a la cima es complicado. Requiere la protección de la oscuridad, esquivar los servicios de seguridad, subir escaleras y, naturalmente, ensuciarse las manos. Pero para Geoffrey Yuen, pocas cosas hay más importantes. Y así, poco después del amanecer de uno de los últimos días de calor antes de que llegue el invierno, hace equilibrios sobre el techo de un edificio en el centro de Vancouver. Bajo sus pies, una altura de 37 pisos. Un nuevo día, una nueva aventura. Mientras la ciudad se despierta, la gente se ducha, toma su primer café y el sol empieza a despuntar en un horizonte sin apenas nubes, él pone sus manos en las caderas y contempla el bosque de cemento. Un explorador contemplando su descubrimiento. “Cuando estoy en una azotea, se que soy el único que está aquí arriba“, asevera Geoffrey, mirando fijamente a la distancia. “Es mio.” Esto es algo que no deja de ser verdad, ya que hay una cierta soledad en lo más alto. Un momento en el tiempo que es todo tuyo.

UN MUNDO DIFERENTE 

Desde arriba, el ruido de la ciudad no es más que un murmullo lejano llevado por la brisa. Geoffrey se inclina sobre el abismo. Observa como las personas aparecen como pequeñas motas, moviéndose como hormigas. El fotógrafo busca nuevos ángulos, diferentes formas de redefinir su hogar. Parece joven, aún más joven de los 23 años que tiene. Lleva su cabello negro atado en un pequeño moño y viste habitualmente con ropa de colores oscuros a juego: una sudadera con capucha, pantalones de chándal, zapatillas deportivas Yeezy y una desgastada chaqueta tejana con un gran agujero en el codo. Podría pasar por un motociclista cualquiera a primera vista. Pero después de compartir una jornada con él en Vancouver, quedó claro que es parte de una nueva generación de motoristas. Apasionados por explorar su entorno urbano de una manera nueva, estos nuevos amantes de las dos ruedas eligen motocicletas con un diseño sencillo y directo, que les permite convertirse rápidamente en motociclistas expertos. 

Nació en Hong Kong, pero tan solo vivió allí durante su primer año de vida. Cuando los británicos devolvieron esta colonia asiática a China, la familia de Geoffrey decidió mudarse a Canadá. Aunque también hace fotografía de retrato y de eventos, a Geoffrey siempre le han fascinado los edificios. Saca su móvil para mostrarnos una foto del horizonte de la ciudad vista desde el otro lado de la bahía. Es la vista desde la casa donde vive con sus padres, situada al final de una calle del norte de Vancouver. “He crecido contemplando esta vista. Puede que sea lo que haya inspirado mi afición por la fotografía“, comenta. 

EL ÚNICO

La mayoría de la gente busca la aventura en el Canadá adentrándose en su salvaje entorno natural. Suben por las escarpadas montañas que se elevan desde los límites de la ciudad o exploran los densos y húmedos bosques con árboles cubiertos enteramente de musgo. En cambio, Geoffrey se siente mucho más atraído por la arquitectura urbana y sus afiladas líneas. 

Esto le ha llevado de tejado en tejado por Vancouver, Hong Kong, Nueva York, Los Ángeles, Taipei y Tokio, convirtiéndose en una de las figuras más prolíficas de la escena de las azoteas. Las fotos que cuelga en Instagram lo muestran a él y a sus amigos escalando alturas vertiginosas, grúas, puentes y torres de los más altos edificios. Y también muestran la caída en vertical que hay debajo, el abismo creado por el hombre. “¡Es una locura!”, comentan sus seguidores. “¡No tengo palabras!” Y: “¡Eres el campeón de Instagram!” Más de una vez algún vecino ha llamado a la policía y aunque sus fotos han terminado a veces saliendo en las noticias de la tarde, él nunca ha estado en el lado equivocado de la ley. 

Subirse a una azotea puede parecer una experiencia casi religiosa, lo que se hace evidente en esta mañana de otoño en Vancouver. La vista inspira claridad, permitiéndole ver no sólo la ciudad entera como si estuviera a la vuelta de la esquina, sino también la impresionante historia de la humanidad, de la gente que pasó de vivir en cuevas a construir gigantes de acero y cristal.

EN EL LÍMITE 

Hemos venido aquí para ver una ciudad de forma muy diferente a como la ve casi todo el resto del mundo. Y mientras nos inclinamos sobre la barandilla no sin cierto miedo, Geoffrey parece estar en su elemento, sonriendo y respirando profundamente. “Me siento a gusto aquí”, afirma.

Geoffrey comenzó a escalar a los tejados a finales de 2014. En un principio sólo quería descubrir nuevos lugares para pasar el rato con sus amigos, pero pronto compró una cámara barata con la pantalla rota y empezó a documentar sus aventuras. En ese momento, aún era un estudiante de arte, pero pronto se encontró a sí mismo saltándose clases para ir a tomar fotos, hasta que finalmente acabó dejando la universidad.

Con más tiempo libre a su disposición, descubrió un lado de Vancouver que nunca había visto antes y se dispuso a capturar la ciudad desde lo más alto. “Me di cuenta de que no conocía realmente mi ciudad antes de eso”, dice. “La mayoría de la gente no la conoce. Van a tomar algo a un bar y luego a casa y encima necesitan un GPS para hacer esto”.

“Yo siempre estoy en el límite de mi zona de confort, pero me siento bastante cómodo cuando estoy en el tejado de un edificio”

Geoffrey Yuen

EL CAMINO DEL DEBUTANTE

Lo que aprendió suena trivial: a veces es necesario aventurarse más lejos de la Tierra para sentirse cerca de ella. Y como es algo complicado encontrar una plaza en un transbordador espacial, Geoffrey tuvo que buscar otra forma de subir. No le importan los obstáculos, más bien al contrario. Le motivan. “Si algo parece imposible, me motiva aún más. Si alguien duda de mi, intento demostrarle que está equivocado”, afirma. Dos personas a las que no ha logrado convencer hasta ahora son sus padres, ambos jubilados. Preferirían ver a su hijo triunfar con algo menos peligroso. Aún así, sabiendo lo mucho que significa para él subirse a lo más alto de los edificios, lo apoyan de alguna manera al no impedírselo.

Fue esta misma actitud la que metió a Geoffrey en el mundo del motociclismo. Hasta hace muy poco no sabía lo que es llevar una motocicleta. Cuando decidió salir a la carretera sobre dos ruedas en lugar de cuatro, se hizo con una Vitpilen 401 y un carné de moto. Después de contemplar la salida del sol, quiere llevarnos a dar una vuelta por su ciudad. Delante del edificio, se nos acerca un hombre señalando la Vitpilen 401. “Definitivamente es una moto muy bonita, me encanta”, dice y continúa explicando que tiene una Kawasaki, pero que está pensando en comprarse una 701. Le hace una foto y se despide de nosotros. Seguimos a Geoffrey, que abre camino con su moto. Así como los tejados son para él una nueva forma de explorar su ciudad natal, la 401 le permite redescubrir la carretera. Fue el diseño simple y elegante lo que le atrajo en primer lugar, los detalles blancos y las líneas que describe como “muy, muy nítidas”.

Pasamos por pequeñas calles que empiezan a llenarse de color con el otoño canadiense. Las hojas en todos los tonos de rojo decoran el camino. Nos dirigimos hacia el oeste, donde los altos edificios de la ciudad dan paso a Stanley Park. En realidad, más que un parque es más bien un denso bosque con medio millón de árboles. Cruzamos el puente de Lions Gate, la emblemática puerta de la ciudad. Geoffrey escaló varias veces su torre colgante de 111 metros para ser la primera persona en publicar una foto desde arriba en Instagram. 

Llegamos a una vía verde en el norte de Vancouver, situada sobre una zona industrial con depósitos de grano, vías de tren y muelles. Un lugar bastante impersonal, pero en el que Geoffrey suele pasar el rato con sus amigos, todos ellos vecinos de la zona. Y, como dice Geoffrey: “Es un lugar discreto, que no atraería a demasiada gente. Es como una azotea.”

Se encuentra con sus amigos Blake y Behrooz. Este último lleva una sudadera blanca con capucha y tres franjas negras en la espalda. Es parte de una línea de ropa de una marca que creó junto a Geoffrey hace unos años. “Prendas que nos gustaría llevar”, dicen.

Los amigos fuman y charlan, primero sobre sus asuntos cotidianos y luego, por la razón que sea, sobre los beneficios de las dictaduras y los problemas con el sistema imperial. Pero la conversación rápidamente se centra en la moto de Geoffrey. Behrooz cuenta como vendió su moto el año pasado y planea comprar otra el próximo verano. “Después de probar varias veces la 401, la encuentro demasiado a faltar. Es una buena moto urbana, una muy buena moto urbana. Después de poner segunda, simplemente empiezas a volar”, dice, haciendo un gesto muy explícito con los brazos. Al igual que a Geoffrey, le gusta la moderna filosofía de diseño de la moto, reducida al mínimo, lo que la hace ligera y ágil. Cuando era niño, explica a los demás, iba en la moto de su padre, sentado encima del depósito y agarrado al tapón.

Blake y Behrooz cuentan historias de cómo empezaron a escalar tejados con Geoffrey por toda la ciudad. Les obligaba a levantarse de la cama antes del amanecer, incluso aunque estuviese lloviendo a cántaros. Cuando no se sentían seguros, les decía que los tejados estaban hechos para los humanos y que la gente estaba destinada a estar allí. “Las escaleras están hechas para subirlas”, añade Geoffrey.

EL ASUNTO SECRETO

Ya es tarde y el sol empieza a dirigirse hacia el horizonte. Y como al fotógrafo que Geoffrey lleva dentro sólo le interesa la primera y la última luz del día, él y sus dos amigos debaten dónde ir a ver la puesta de sol. ¿Vale la pena ir hasta Horseshoe Bay, uno de sus lugares preferidos? ¿O subir al mirador de High View Lookout en las montañas? Esto lleva varios minutos. “La luz, tío, lo importante es la luz”, exclama Geoffrey en un momento dado. Pero entonces el sol se esconde detrás de unas gruesas nubes y en lugar de mostrarnos su lugar favorito para ver la puesta de sol, nos lleva a su hamburguesería favorita en Vancouver.

Por supuesto, como es lógico en Geoffrey, el lugar es lo que menos te puedes esperar: no es un restaurante de grasienta comida rápida, sino un sitio para cenar bien de verdad. El Boulevard Bar & Oyster Kitchen está lleno de hombres con traje y señoras con tacones, los camareros aparecen de inmediato. En el menú encontramos foie gras y caviar, y no hamburguesas clásicas. “Es un asunto secreto”, dice Geoffrey. Y desde luego que lo es. Y así terminamos un día largo e inusual comiendo hamburguesas en un bar de ostras. 

TIENES QUE BUSCAR PARA ENCONTRAR

Nos volvemos a ver unos días después, porque quiero enseñarle a Geoffrey un lugar que he descubierto en Internet. Un lugar del que la mayoría de la gente en Vancouver nunca ha oído hablar. En la parte sur de la ciudad, en el parterre central entre cuatro carriles de tráfico, se encuentra un árbol único. Sus ramas han crecido de tal manera que es posible subirse por ellas casi hasta la copa. “Eso es genial”, dice Geoffrey al verlo por primera vez. De niño, explica, estaba siempre trepando por los árboles. Luego empezó a encaramarse por el árbol. Lo sigo y a medida que las ramas se hacen más y más delgadas, me pregunto si serán capaces de aguantar mi peso. Pero Geoffrey exclama: “¡Iré hasta donde haya ramas!” 

Escuchando el canto de los pájaros y viendo los coches circular debajo nuestro, estamos ya a una suficiente altura sobre el nivel del suelo como para preguntarnos sobre nuestras posibilidades de supervivencia. Estamos mirando hacia el horizonte de Vancouver cuando, de repente, el árbol empieza a moverse. Nos miramos el uno al otro con los ojos abiertos, antes de decidir dejar que el viento nos meza suavemente de un lado a otro durante un poco más de tiempo.

“Necesito venir aquí con mis amigos”, dice después de que volvamos a pisar tierra firme. Y tal vez eso es todo lo que necesitas para alejarte de esta historia: incluso los lugares que crees que conoces desde dentro, siempre tienen algo nuevo para descubrir. Pero si no buscas, nunca los encontrarás.

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